Con vistas al mar
Por qué las mejores historias vienen siempre fuera de horas? En horas de ojos cerrados, de vidas abiertas y de miradas perdidas.Quiero tener en mi cuarto, una máquina de refrescos, con Red Bull y frutos secos. Y no estaría mal que sacara los porros hechos. De lo demás ya me encargo yo.
Siempre, a la hora de irme a dormir, me vienen historias, palabras. Pero si me siento, se esfuman, a la par que pierdo el sueño, y más me desvelo. Estoy metido en un maldito bucle, de ansia de noches en vela, de altos vuelos y un fresquito ático, con vistas al mar.
Sigo encadenado a la silla que está encadenada a la habitación que está encadenada a la casa que está encadenada al bloque que, si bajas un poco, lo verás encadenado a la calle que está encadenada a ese bloque, que tiene encadenado ese ático, con vistas al mar.
Una tarde preciosa, sentado en un banco, debajo justo del sol
Como aquella vez, que en la fiesta de inauguración del piso del E y la V, estaba yo tan tranquilo, inclinado sobre la mesa, deshaciendo un cigarro para liarme un flai, cuando, entre el tabaco, apareció un trocito muy pequeño de papel. Parecía recortado a propósito. Y al darle la vuelta toda la piel se me puso de gallina y un escalofrío tremendo me heló la mirada. Una S, perfectamente encajada en el circulo, aparecía escrita en el papel. El tipo y el color de la letra, eran los típicos de los cigarrillos, así que, V y yo, dedujimos que se trataba de un trocito del papel del cigarro, que habría saltado o en la propia manufacturación del pitillo. Hasta que caímos en la cuenta que yo fumo "Nobel". Y como se puede uno fijar, "Nobel" no lleva "S". Me dio por rallarme con la dichosa letra, inlcuso la guardé en la
Un intenso olor a pasado inundaba la habitación. Afuera alguien volvía a quedarse sin cenar. Adentro los muebles parecían reliquias rústicas. Todo se había vuelto viejo. Muy viejo. Todo. Un canoso anciano, de cuerpo enjuto, seguía sentado allí, junto a la cama. Escribiendo sin parar. Soñando sin parar. Una antigua lágrima yace en su mejilla. Fue la última gota de la que se desprendió, y tan lánguida agonizaba ya, que deseó tanto morir cerca de donde había vivido tanto, que luchó hasta su último suspiro, antes de rendirse feliz sobre su mejilla. Sus arrugadas manos sostenían un pitillo eterno y en sus pies, las mismas zapatillas de siempre. Su mirada traspasaba la pared, y volaba libre y joven hacia los rincones más amables de su memoria.
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